abide with me

La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 fue una de las más impactantes que hayamos visto jamás y sin duda alguna la demostración de cómo vender al mundo la imagen y la cultura de un país. Música, cine, teatro, Dickens, Shakespeare, historia, la participación de las más altas instancias y los personajes más emblemáticos de la actualidad british… Entre los muchos y magníficos momentos que nos dejó la ceremonia me quedo con uno que me pareció extraordinario por su puesta en escena, su música y su interpretación. Los latidos de un corazón, el corazón universal, dieron paso a una maravillosa Emeli Sande regalando a nuestros oídos una desnuda interpretación del himno Abide With Me.

Abide With Me es uno de esos himnos anglosajones que lo mismo se canta en iglesias que en acontecimientos deportivos. No es un himno que invoca grandezas, ni es tampoco de agradecimiento, ni es uno de esos himnos que destilan alabanzas, es un himno humilde, de esos que dicen “mira aquí estoy, soy poca cosa, pero pongo mi confianza en tus manos”. Literalmente “Soporta la carga conmigo”. Más allá del significado religioso de la letra, escrita por el ministro angligano Francis Henry Lyte poco antes de morir en 1847, es un himno que se canta en funerales, en encuentros deportivos y que en los últimos tiempos se le ha dado un significado de unión y respeto en la diversidad ya que ha sido apropiado por las diferentes principales religiones monoteístas. Se invoca a la victoria del bien sobre el mal y al concepto de paz universal. Era uno de los himnos favoritos de Mahatma Gandhi y fue cantado en los momentos finales del Titanic (o por lo menos eso dicen).

Todo buen himno basa su reconocimiento principalmente a la música y en este caso la melodía de este himno, de una belleza pura, es obra del compositor William H. Monk, organista inglés del siglo XIX.

Os dejo con la interpretación de Emeli Sande, en este caso la versión grabada en estudio. Un momento de paz interior que quería compartir con todas vosotras y vosotros.

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la aristocracia, el servicio y sus proyectos

No he podido resistirme a escribir esta entrada fuera de tiempo, fuera del calendario que me había marcado y fuera incluso de mi propio tiempo. Espero que esto no sea excusa para presentar un post mal escrito o sin interés. El caso es que ayer, rompiendo una de mis pautas casi casi más sagradas, estuve pegado a la televisión viendo una serie desde las diez de la noche hasta pasadas las doce (malditas interrupciones publicitarias, está claro que el próximo capítulo lo veré tranquilamente en la gran pantalla de mi ordenador cuando yo quiera y sin aguantar anuncios de nadie). Ayer estrenaron en Antena 3 la serie británica Downton Abbey, una lujosa serie en su realización, en su presentación y en su interpretación que increíblemente no es la adaptación de ninguna gran novela ni tampoco (y esto es quizás más increíble) no es una producción de la BBC, si no de la cadena ITV. Esto te rompe los primeros esquemas ya que te das cuenta que los grandes dramas de época ingleses no son propiedad ni de la literatura ni de la todopoderosa BBC.

Lo más curioso del tema es que te engancha desde el primer minuto y al terminar el primer capítulo te das cuenta de que has empezado a coger cariño a la multitud de personajes que salen en la serie e incluso te acuerdas de algunos de los nombres. La serie acabó su primera temporada (habrá una segunda) a mediados de noviembre del año pasado y se convirtió en uno de los éxitos más grandes de la televisión británica llegando a tener más de diez millones de telespectadores en el séptimo y último capítulo. Y es que cada episodio llena (o por lo menos así me ha pasado con el primero y con el segundo). Te deja con ganas de otro pero no ahora, sino mañana. Es como que hay que dejarlos reposar. Y es verdad lo que digo al principio: te encariñas con esa gente, los conoces a todos (¡y son dieciocho!) y no hay ni una sola escena que quieras pasar de largo. Es como el clímax de las historias corales, aunque en este caso son las mujeres (las increíbles mujeres de 1912) las que se llevan todas las palmas. He disfrutado con el personaje del mayordomo (tal y como tienen que ser los verdaderos mayordomos!), la condesa viuda es genial y el lacayo Thomas me recuerda a no sé quien…

La historia es simple y encantadora y tiene todos los ingredientes de un culebrón (lástima que esta palabra esté tan desprestigiada) o de un folletín de época. El extraordinario guión original es obra de Julian Fellowes (entre otras cosas, guionista de Gosford Park, para que os situéis) y está ambientado en la casa de la familia Crowley, en los años previos a la primera guerra mundial. La trama de la serie arranca en 1912 y en el momento en el que se hunde el Titanic, un hecho que llevará a la preocupación a la adinerada familia Crawley, ya que en la tragedia del barco ha muerto el que podría haber sido heredero de su fortuna familiar lo que les lleva a comenzar a buscar a un nuevo candidato. Pero Downton Abbey, el espectacular castillo que da título a la serie, es el hogar no sólo de esta familia aristocrática, sino también de todo su personal de servicio. Mientras los Crowley viven en las zonas nobles de la abadía, mayordomos, doncellas, cocineras y demás sirvientes trabajan como hormiguitas para asegurarse de que todo funcione. Unos arriba y otros abajo, como en esa otra gran serie, la que nos viene a la mente a todos cuando vemos por primera vez Downton Abbey.

La que por ahora es la serie británica con el coste por minuto más alto de la historia, también es posiblemente la más lujosa y, sin duda, una de las de mayor éxito. Y no solo eso, si no también una serie con unas interpretaciones extraordinarias. La serie cuenta con un reparto de secundarios de lujo del cine británico como Maggie Smith, que cuenta con dos Oscar por sus papeles en Una habitación con vistas (oh qué maravilla de película!) y Los mejores años de Miss Brody y cinco Bafta, entre otros muchos galardones o Jim Carter, ganador del Premio del Sindicato de Actores por Shakespeare in love.

La banda sonora está firmada por el compositor John Lunn que tiene en su haber varias bandas sonoras para producciones televisivas casi todas ellas británicas. El tema de entrada, con ese piano, es una melodía preciosa que me recuerda en algún momento a un conocido vampiro moderno tocando el piano… (en que estaré pensando yo…). Aquí os dejo un enlace con más información sobre su trabajo.